Mi panza para gestar el amor más grande del mundo

Me llamo Lisette, tengo 26 años.

¿Por qué gestante? Yo mejor diría “para qué”. Y la respuesta es: para ayudar, para llenar el mundo de amor.

Antes de decidir ser gestante fui paciente de un centro de fertilidad, porque con Lucas, mi marido, pasamos mucho tiempo buscando un embarazo que no llegaba.

Después de varias consultas y un solo intento a través de fertilización in Vitro, quedamos embarazos de nuestra hija Coqui.

Un tiempo después de su nacimiento, una tarde se me ocurrió que quería ayudar a alguien prestando mi útero, porque para mí, ser mamá no había sido fácil y era, al mismo tiempo, lo más hermoso que me había pasado. A Lucas le dio miedo, pero lo aceptó rápido. Con Coqui también fue inmediato: ella entendió y aceptó que su mamá ayudaría a alguien a tener un bebé, pero que ese bebé no iba a ser su hermana o hermano.

Así que me comuniqué con el médico que en su momento estuvo a cargo de nuestro tratamiento y le conté lo que quería hacer. Y también le conté que quería hacerlo con Jime y Fernán, una pareja que conocíamos a través de nuestro camino por la fertilidad asistida, que habían luchado durante diez años para cumplir el sueño de tener un bebé, pero que habían perdido la batalla porque a causa de una endometriosis severa, a ella tuvieron que extirparle el útero.

Así fue como después de muchas pruebas médicas y psicológicas, entrevistas con abogados y jueces, y trámites legales y administrativos, un día estaba en una sala de transferencia de embriones, junto a Jime y Fernán, prestándoles mi panza y deseando con todas mis fuerzas que su embrión prendiera y nueve meses después ellos pudieran agrandar su familia.

Dos semanas más tarde supimos de la transferencia que ese embrión se había quedado en mi útero y que Isabella, su hija, estaba en camino. Nos abrazamos muy fuerte y junto a Lucas y Coqui les prometimos que íbamos a cuidar de esa bebé con todas nuestras fuerzas para que todo saliera bien. No hay palabras para describir ese momento de amor y agradecimiento.

Durante el embarazo nos acompañamos mucho y estuvimos muy unidos. Fuimos juntos a todos los controles, yo les enviaba fotos y videos de la panza casi todos los días. Si bien para algunos médicos al principio todo fue muy raro y hasta difícil de comprender, luego se adaptaron y ya no tuvimos que dar tantas explicaciones.

Sin embargo, tuve que escuchar palabras muy hirientes de mucha gente. No voy a olvidar jamás el día que, estando en un supermercado, alguien me dijo, sin ningún tapujo, que yo debía ser muy fría como mamá para llegar a gestar un bebé y luego entregarlo. “Más que fría estoy llena de amor, porque no voy a entregar un hijo propio, entregaré el amor más grande del mundo a dos personas que lo desean con todo su corazón”, contesté.

Algunas personas también me preguntaban qué opinaba mi hija, y hasta hubo quienes le preguntaron a ella, un poco por ignorancia y otro poco como una provocación, por la hermanita que yo llevaba en la panza. Y Coqui, con muchísima más inteligencia y sabiduría que todos, respondía. “Mi mamá no tiene una hermanita en la panza, tiene a la bebé de Jime y Fernán, porque los está ayudando para que puedan ser papás”.

La llegada de esta bebé fue mágica, hermosa. Nació en medio de la pandemia, con algunas dificultades y muchas limitaciones para estar todos juntos. Pero con Jime estuvimos más unidas que nunca, y lloramos sin parar.

Después del nacimiento, lejos de sentir tristeza o vacío, sentí mucho amor y felicidad. Felicidad de haber ayudado a que dos personas cumplan un sueño que llevaba diez años de espera y padecimiento, el sueño de traer vida al mundo, porque al fin y al cabo los hijos son del mundo y a los papás solo nos queda amor, ese que damos y que recibimos cuando nos entregamos por completo.

Lo haría una y mil veces más, porque fue un acto que me cambió la vida y me hizo mejor persona.

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